Pero, de la nada, todo cae. Entonces sobrevienen las tardes de fina garua, la escarcha sobre los pastos quemados por la helada. Las estrellas mudas. El infranqueable silencio. El frío. La promesa de una candorosa llama que se consume en las tinieblas. Aquella desgarrante soledad.
Sin embargo, solamente necesita una leve brisa tibia, apenas un gesto, un asomo de musical mirada, para que el corazón recupere su irregular y estremecedor galope. Nada más que un débil y crepitantemente tenue rayo de luz, para que toda aquella delicia comience otra vez. Es que no necesita más que esas simplezas que alimentan sus entreversados pensamientos, para que el alma se estremezca en el canto.
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